Europa ha sido el motor científico de la humanidad hasta el siglo XX. Las catedrales góticas y los avances científicos han convivido durante siglos, pero ahora parece que hemos perdido la delantera tecnológica y se la hemos cedido a Estados Unidos, China y, cuando nos despistemos, a la India. En Europa nos conformamos con ser los líderes de la regulación, de las trabas administrativas y nos quedamos en la autocomplacencia de una supuesta superioridad moral. Nos hemos dormido en los laureles. Seguimos contando con algunos de los mejores científicos y centros de investigación del mundo, pero no podemos aplicar gran parte de los conocimientos que generamos por culpa de unas normativas draconianas que impiden cualquier avance. Esto lo vivimos hace 20 años con el caso de los transgénicos, y ahora corremos el riesgo de repetir el mismo error con el tema del CRISPR del que todavía estamos esperando una regulación que nos permita utilizarlo.
De la misma manera que podemos hacer un injerto cortando una yema con precisión, con el CRISPR-Cas9 podemos hacer lo mismo en el ADN. Eso nos permite reducir el tiempo necesario para desarrollar nuevas variedades. Sus aplicaciones van desde el desarrollo de cultivos resistentes a plagas hasta la creación de variedades más nutritivas y sostenibles. Con lo cual sería una herramienta para afrontar los nuevos retos que nos plantea, entre otros, el cambio climático o la presencia de plagas cada vez más frecuentes por el aumento de importaciones de terceros países. Sin embargo, ya pesar de que la tecnología fue descubierta por el ilicitano Francisco Martínez-Mojica, en la Unión Europea, el miedo a la palabra “editado” ha llevado a meter el CRISPR provisionalmente en el mismo saco regulatorio que los transgénicos, y no precisamente para proteger al consumidor, sino para calmar a los activistas y a los partidos políticos que los respaldan.
