“Los tratamientos insecticidas que se vienen aplicando en la agricultura han acabado con los enemigos naturales de los mosquitos. Esta es la verdadera razón de las plagas que están sufriendo este año muchos pueblos del bajo Guadalquivir”. Eso era lo que este verano, en una emisora de radio, afirmaba un experto que participaba en un debate sobre estas plagas, programa con el cual se pretendían divulgar medidas eficaces contra las picaduras del insecto y, sobre todo, contra el virus del Nilo que trasmite, patógeno que este año se ha detectado en España en un centenar de personas, diez de las cuales han fallecido.

Los que hemos dedicado toda nuestra vida profesional a estudiar procedimientos eficaces contra las plagas de insectos tenemos suficiente experiencia como para poder dudar de las aseveraciones del experto. Es verdad que ellas están basadas en el conocimiento ecológico que determina que la exaltación poblacional de un parásito está impedida, o muy limitada, por sus enemigos naturales. Pero las aplicaciones de cualquier afirmación científica hay que hacerlas desde la disposición que exige la ciencia –Popper dice que la ciencia es falsable–, porque, de lo contrario, esas afirmaciones se hacen apodícticas y se cae en el campo de la beatería. El conocimiento que tenemos sobre las plagas de langosta en España nos confirma las precauciones que debemos tomar para no trasformar principios ecológicos en dogmas.

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