–¡Mira! A estas peras le han echado unos polvos. Lo ves. Venenos para quitarnos de en medio, que ya estamos muchos en el mundo y así se ahorran nuestras pensiones. –Esto era lo que una mujer, en la frutería, le decía a su amiga mientras escogía unas peras “Conference” algo manchadas, que debían estar riquísimas.

Parece incuestionable que, en España, los polvos empleados en la agricultura son sinónimo de veneno, resultado de una propaganda muy bien elaborada que, durante mucho tiempo, y por diversos medios de comunicación, ha estado pregonando que los fitosanitarios utilizados contra las plagas de vegetales son productos que nos enferman, además de contaminar la Naturaleza y eliminar muchas especies de animales, principalmente insectos, aves y peces.

La palabra polvos, como sinónimo de fitosanitario, habría que calificarla de genial si con ella se pretende demonizar a los productos de síntesis industrial empleados en el campo.

Los semiólogos nos dicen que todo en nuestra cultura son símbolos y las palabras están entre los fundamentales; los psicolingüistas afirman que ellas tienen mucho más que significado, por eso las percibimos más por los sentidos que por la inteligencia; y, para colmar su complejidad, los filólogos nos explican que cuando leemos las palabras aparecen sonidos que, como una música, las envuelve y modifica. La “i”, por ejemplo, exalta lo pequeño –de chico, chiquitín–, mientras que con la “o”, al abrir la boca para pronunciarla, enfatiza el significado del vocablo que lo contiene –de subida, subidón–.

Y con tales fundamentos podemos explicarnos por qué, al pronunciar la palabra “polvos”, percibimos una sensación tan desagradable que parece como si la boca se nos llenara de algo terroso.

Comprar Revista Phytoma 367 – Abril 2025